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Nota a pie de poema:
No sabemos mucho más acerca de Augusto Landmesser, salvo que tuvo dos hijos. Por pura casualidad, uno de sus hijos reconoció a su padre en esta foto cuando fue publicada en un periódico alemán en 1991
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Nota a pie de poema:

Ramo Leonés de Navidad
Navidad de 2011
Cada cual, en su historia personal, tendrá motivos suficientes para celebrar el transcurso de este año tanto para bien como para mal; que la vida, nos reparte juego y hay manos que ganamos y otras que nos toca perder. Quiero desearos, no obstante, suerte para los meses que se llegan de 2012 y alegrarme con las alegrías que os hayan querido acompañar este 2011. Para ello acompaño el ramo leonés de navidad; esa manera antigua, precristiana, que hunde sus raíces en las costumbres y creencias astures y celtas, de pedir a la madre naturaleza los frutos y la protección en el duro invierno. Dada la persistencia de la crisis económica, más dura que el más duro invierno, en la que nos han metido y que nos están obligando a pagar a escote con gravísimas consecuencias para las economías y modo de vida de los más débiles, quiero poner en los deseos la esperanza de ver el final de este túnel con un futuro más digno y justo para todos. Para ello, también, os invito a cantar un villancico, de raigambre y tradición cristiana en la afirmación de la vida y la alegría compartida, que compuso el amigo Víctor F. Mallada y al que, por deseo expreso suyo, puse letra. ¡Sed felices! Con un abrazo y salud.
Julio González Alonso
Villancico ¡Ya llegó la Navidad! : http://www.youtube.com/watch?v=m9QJubRFIEQ&feature=recentlik
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Antonio Gamoneda: el encuentro con el poeta. Presentación de Árido Umbral en León.
Estas palabras sólo pretenden ser crónica de una emoción, la del encuentro con el poeta y el hombre en la persona de Antonio Gamoneda. En su poesía ya hace años que vengo enredándome con admiración. En el universo gris y melancólico en que envuelve su decir, su ira y su pasión descarnada, subyace un optimismo impenitente, un claro grito de afirmación y vida. Pero de la obra y su autor quiero ocuparme en otro momento y lugar. Ahora hablo del encuentro con el hombre, el ciudadano que recorre a pie las aceras de las calles de su ciudad y mira al aire alto de la catedral y a los ojos de las personas que se cruzan en su camino. Del hombre que respira y duerme y sueña y vive enamorado de su hermosa nieta Cecilia y de quienes le rodean, hablo.
La ocasión del encuentro la brindó la presentación en León del libro de poesía Árido Umbral, en el que tomo parte. Fijada la fecha del 3 de diciembre y señalado el lugar, el Bar Correo de la calle Cervantes, se había acordado citar al poeta y escritor Antonio Gamoneda en el transcurso de una comida en el restaurante Zuloaga, a pocos metros de su casa. Luego, por la tarde, nosotros nos dedicaríamos a dar a conocer a los leoneses el libro de poesía Árido Umbral.
Con paso lento y una sonrisa en los labios, Antonio Gamoneda se aproximó al grupo que estaba esperándolo, con una palabra de saludo para cada uno. Cuando se acercó a mí y me lo presentaron, le confesé que me sentía un poco aturdido porque eran tan grandes la admiración y el respeto por su persona y lo que representaba que casi me parecía irreal lo que estaba ocurriendo, acostumbrado a verlo pasar ocasionalmente por las calles de León sin atreverme nunca a acercarme para saludarlo. Se detiene, me mira y sonríe mientras mueve su mano en un gesto de afectuosa desaprobación para decirme algo así como que no era para tanto ni era él tan importante. Luego, a la mesa, mientras compartíamos cecina, pulpo y croquetas, habló de su vida primera en los primeros años en el León de la postguerra y el hambre, que por eso -decía con ironía- era incapaz de dejar algo en el plato y que si continuaba así, ofreciéndole comida sin parar, sería incapaz de rehusar la invitación aunque no le conviniera aceptar más. Me recordó, inmediatamente, la actitud de mis padres y el valor y lugar que la comida ocupó siempre en sus vidas, cosa que el poeta entendió con una amplia sonrisa. También me habló de poesía y su admiración por César Vallejo, de su intuición a la hora de componer y de la dificultad de la poesía social para ser poesía, de la que reconocía que sólo unos pocos escritores habían conseguido hacer de la denuncia algo más que mereciera el calificativo de poesía, además del de social. Tocamos el tema de Miguel Hernández, de F.G. Lorca… y le pregunté directamente qué se sentía al ser consciente de formar parte de los grandes poetas consagrados. Negó insistentemente con la cabeza y su gesto habitual con las manos para asegurar que él sólo era un poeta de los del medio, lejos de los poetas a los que me refería. Insistí, convencido, de que él ya formaba parte de la historia de la literatura y subrayé que, lo quisiera o no, su lugar ya estaba al lado de Neruda, Lorca, Machado, Celaya, Aleixandre, Cernuda… pero que me parecía muy loable que él no se lo creyera porque de hacerlo, seguramente, se bloquearía y no escribiría más o lo haría sin poder liberarse del peso de esa idea y la responsabilidad que conlleva. Su respuesta fue una nueva amplia sonrisa para tomarme la mano y con un bueno, bueno… invitarme a dejar el tema donde estaba. La conversación siguió por otros derroteros en los que confesó que no sabía si estaba escribiendo mucho o poco, que tiene una carpeta llena de poemas que se van amontonando a lo largo de estos años, repletos de correcciones; y también de la posibilidad, si es que me los editan -dijo- de publicar dos nuevos poemarios.
Siempre, junto a la afabilidad, encontré una sana humildad en cada una de las palabras de Antonio Gamoneda. Llegados al tema de la situación actual y la crisis económica, le planteé que así como los problemas del comunismo no se pudieron resolver con más comunismo, pensaba que los problemas del capitalismo no tendrían solución con más capitalismo y el empobrecimiento de cada vez más gente con recortes sociales y la imposición de una clase de vida cada vez de peor calidad. Escuchó con interés y asintiendo lentamente me dijo que teníamos que dejar de hacernos preguntas para empezar a dar respuestas; en definitiva, que lo que nos toca es actuar.
Pero el momento de mayor emoción para mí fue cuando me invitaron a recitar en la sobremesa un poema A.Gamoneda. No eran las mejores condiciones para leer en voz alta, pues a pesar de lo avanzado de la hora, en el comedor aún quedaban otros comensales que estaban entregados a sus conversaciones y ese ruido de fondo me obligaba a elevar la voz más de lo habitual en una lectura. Así y todo, más debido a la calidad de los versos que a mi pobre intención, el recitado puso más de una lágrima en los ojos de algunas personas y el gesto de emoción agradecida en nuestro invitado, antes de recoger el recuerdo que de este día le dejamos. Y si este momento fue, por sí, importante, la sorpresa mayúscula fue cuando no me dejó levantarme de la mesa para ir al coche a buscar un ejemplar de Árido Umbral con la intención de regalárselo acompañado de nuestras firmas, diciéndome que siguiera sentado a su lado, que era la hora del café y que después, a la tarde, ya habría ocasión para darle el libro. ¿A la tarde?, creo que pregunté. Sí -repuso- ¿no vais a estar a las ocho y media en el Bar Correo? Pues eso está al lado de mi casa y si mi mujer no empeora y le sube la fiebre, allí estaré para todo lo que me mandéis…
Sobrepuesto a la sorpresa de su decisión de acudir a la convocatoria de la tarde, le comenté que yo ni me sentía capaz ni podía mandarle nada, pero que si acudía a la cita, le rogaba y le pedía que nos acompañara con la lectura de un poema suyo. Meditó un momento para añadir: Bien, si es así, me esperáis a eso de las ocho y media o nueve menos veinticinco, y aunque no pueda quedarme toda la velada, tendré el gusto de leeros un poema inédito en el que estoy trabajando y que yo mismo me oiré en voz alta por primera vez, así que igual le cambio alguna cosa sobre la marcha, y luego vosotros ya seguís con lo vuestro.No sólo llegó puntualmente a la cita, no sólo nos regaló la lectura de un poema inédito dedicado a su nieta Cecilia, no sólo nos premió con sus palabras y su compañía para escuchar, según nos dijo, en el delantal de nuestra poesía algunos de nuestros poemas; sino que se quedó hasta el final del acto, uno más entre todos, uno con todos, uno de los más grandes poetas vivos en lengua española de todos los tiempos.
Julio G. Alonso
Algunas fotos del día 3 de diciembre en León
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Dedicatoria en Esta Luz:
Para Julio González, en la fraternidad del paisanaje y de la poesía. Un Abrazo. Antonio Gamoneda. León, 3-12-2011
Dedicatoria en Visión del Frío:
* Julio González, cercano en la mesa, en las convicciones, en los propósitos, en todo, lo sé. Tuyo siempre. Antonio Gamoneda. León, 3-12-2011
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He palpado los costurones del alma, cicatrices
de la herida profunda de la Tierra,
isla para un océano mar,
costras supurando, piel rasgada por donde
pasó el horizonte del mundo.
Eso fue antes
de hundirse el sol ahogado en rojos.
Sólo redime este cataclismo la mirada cárdena
del mar, la vela hinchada del viento
en los puntos cardinales, ojos de cráteres
apagados, la ira alzada al cielo.
Pues qué, sino eres ya sólo lava
derrotada, dedos desorientados que acarician
las sonrisas, apenas liquen
o flor asustada en mitad de la nada.
Siento ruido de orillas vestido de ola
esperándote y besando tus basaltos,
¡ay, agua, espuma en pozos salobres,
cómo alumbras diminuta la vida!
Tu amor
no se hace estéril ejercicio de solitarios abrazos húmedos
y besos de algas. Luz violenta
en fuego contra el fuego
que pisan las salamandras,
en la piel
surcos
y mesetas y laderas y arrecifes verdes
y negros
y rojos.
También eres toda isla caracola en tus raíces
volcánicas, rumor hondo de ternuras
y entonces amo amar, tú odias odiar
y así nos entregamos.
Concurrencia lírica de voces repetidas, otra vez
las olas
otra vez nombre y memoria, ¡ay, dolor!
¡qué implacable la dulce evocación de las espumas
en el vigor vencido de mis brazos! y así te miro,
te miro así
como lejanía de estrellas en el cielo más negro y meridiano
y a ti vuelvo,
espora temblorosa en el calor de la fundida roca,
isla siempre hablándote, dejando ir las palabras
en cenizas y en vapores ácidos por las abiertas bocas
de sus cráteres . Así
desde siempre
así
la vida.
Julio G. Alonso


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No sé cómo ahuyentan los perros la idea de la muerte, si a sus hocicos húmedos les llega entre cientos de olores el aroma dulce y espeso del final de sus días y cierran los ojos y entregan su aliento al último aire y así se van de esta vida. Ni entiendo, tampoco, cómo las flores se desprenden de sus pétalos y abandonan el muñón de sus tallos al olvido. No comprendo a las personas que alientan sueños de otra vida más allá de esta suerte de finales cotidianos que nos conducen a ese final irremediable del final de este juego perdido de antemano. Así que hoy quiero ser sólo perro, sólo flor, y beber sonrisas de agua feliz en tu boca, en tu piel dispuesta al beso acariciar la vida que nos toca sin preguntar, olfatear los aromas cotidianos, dejar que los pétalos abandonen la corola cuando han dado ya toda su luz a las miradas. Como árbol rumoroso se llevará el otoño las últimas hojas, las más bellas en efímero gesto y así, desnudo de promesas por las agrietadas ramas que el aire envuelve ser sólo paisaje y que luego el silencio se arrope en abrazo de olvido y de memoria. Julio G. Alonso.
Julio G. Alonso
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