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Bajo el sombrero (ll)
Bajo el sombrero (l)
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Marina, de Emilio Arrieta.
Libreto de Francisco Camprodón y Miguel Ángel Carrión.
Madrid Arte y Escena en el teatro Barakaldo (Vizcaya)
29 de abril de 2012
Estrenada con escaso éxito como zarzuela el 21 de septiembre de 1855 y reestrenada como ópera en tres actos dieciseis años después con gran éxito y muy buena aceptación del público, Marina es una pieza con sabor a enredo y el dramatismo justo para hacer posible un final feliz. Tema amoroso; jovencita enamorada de joven capitán de barco, éste enamorado, a su vez, de ella, y ninguno de los dos a sabiendas de los sentimientos del uno por el otro; joven armador del pueblo también enamorado de Marina, tremendamente celoso, que le hace saber de su enamoramiento y del afecto que le profesaba desde siempre y compromiso un tanto azaroso de ambos que se deshará al final para dar paso al verdadero amor entre Marina y el capitán y facilitar el encuentro feliz y esperado.
Mi experiencia como espectador en el arte del teatro cantado, ya sea en forma de zarzuela o de ópera, es tan escasa que apenas puedo dejar constancia de una obra de zarzuela a la que haya asistido puesta en escena por un cuadro del que sus componentes no pasaban de meros aficionados, y tres ensayos generales de distintas óperas. Corto bagaje para poder opinar con criterio sobre cuestiones artísticas y musicales. Es ésta, por tanto, la primera ocasión de disfrutar de la puesta en escena de una ópera, como ahora se la define, o zarzuela en tres actos, si se quiere, y referir la buena impresión del espectáculo, en general, y la emoción que se suscita, en particular, en algunas de las partes cantadas en forma de arias, dúos y romanzas. Una obra ambientada en un pueblecito catalán, pero alejada de las referencias folclóricas y los temas musicales populares de la zarzuela. Hecha al estilo italiano por el autor nacido en Puente la Reina (Navarra) cuya formación se desarrolló en gran parte en Milán gracias a un noble benefactor italiano.
La realidad de un teatro lleno hasta la bandera no puede dejar de interpretarse como un éxito del género y la constatación de la existencia de un público fiel al mismo. Claro es, también, que las ocasiones de poder acudir a ver y oir zarzuela u ópera son escasas, además de caras. En este caso, sin embargo, el precio ha resultado ser mucho más asequible que el de las sesiones de la temporada de ópera organizadas en Bilbao.
Bien, sea como sea, me cogratulo de haber podido presenciar y disfrutar de esta pieza, acompañada en su interpretación por la Orquesta Sinfónica de Bilbao y con una puesta en escena que dice mucho y bien de la dirección escénica de Lorenzo Moncloa. Me gustaron las interpretaciones del tenor Sergio Escobar, con su voz atronadora, en el papel de Jorge y de la soprano Eugenia Enguita, con su virtuosismo y la calidez de sus variadas tonalidades, en el de Marina. Los otros personajes tuvieron, también, sus buenos momentos y el coro cumplió su papel con toda solvencia. El momento más espectacular resultó ser, quizás, el inicio del tercer acto cuando cantan la famosa y única canción que yo conocía, aunque no supiera que correspondía a esta ópera:
A beber, a beber, a ahogar
el grito de dolor,
que el vino hará olvidar
las penas del amor
A beber, a beber y apurar
las copas de licor,
que el vino hará olvidar
las penas del amor…
Y después de este brindis, no me queda más por decir, salvo que espero tener pronto una nueva ocasión de acercarme al mundo del teatro cantado, sea en forma de zarzuela o de ópera. Más vale tarde… que nunca.
Salud.
Julio G. Alonso
Dios
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Eras un niño asustado, dios, a la orilla
del hambre, de las eternas preguntas
sin respuesta; un pequeño ser con los ojos abiertos
al espanto de las horas, ese tiempo
humano transido de derrotas.
Me senté a tu lado y enjugué tus lágrimas,
comprendí tu soledad sin esperanza,
la majestad humana cumplida de imperfecciones,
el largo camino hacia la vida,
la muerte que te huye, dios, y te da la espalda,
ese sueño infinito de la nada. Ni siquiera los recuerdos
te servían de consuelo
y no pude ayudarte con el olvido.
Julio G. Alonso
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El frutero
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Se posan en el frutero las manzanas
y en mezcolanza de estaciones, también peras
y membrillos,
mandarinas, melocotones y naranjas
junto a uvas y fresas. Cosa rara,
extraña eclosión de naturalezas
ajena a los climas y al sol
y las rotaciones de los planetas.
Son en los ojos las frutas la luz en sus colores,
la vida madurando sabores de aguas dulces
y amargas texturas de deseos. Qué muerte
yace en el fondo del frutero cuando sé ya otra luz
en la boca,
ya otra la despedida.
Mientras brilla la abundancia multiplicada en carnes
de sensuales tactos, qué plenitud
de días y aromados sueños, qué íntima sensación
de eterna dicha. Pero es otra
la sombra que desvela
y extiende sus mercurios calientes en la sangre.
Las moscas sobreviven los inviernos. Hay
néctares espesos en los ojos y las pieles
entregadas al amor del acero acuchillado del tiempo. Los esqueletos
de las frutas
reposan en porcelana su belleza
sin armonía.
Retumba en el aire contenido el silencio de los colores;
se cuentan las sombras de la quietud en la ausencia
del aliento.
Un olor ácido duerme en el fondo de la memoria
de las cosas
y en el vacío espacio abierto
acre
de la boca
del frutero.
Julio G. Alonso
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La Escuela de la desobediencia.
Texto adaptado por Paco Bezerra sobre L’École des filles-Anónimo- y Ragionamenti, de Pietro Aretino
Producciones Andrea D’Odorico y Teatro Portátil
Director: Luis Luque
Teatro Barakaldo (Vizcaya) 18 de marzo de 2012
No hay muchas maneras mejores de pasar una buena tarde de domingo. El teatro es causa de entretenimiento, de conocimiento y sorpresa, así como mágica realidad irrepetible en cada representación que solamente podrá ser revivida en la memoria del espectador y la huella de la emoción que nos deja.
De entrada, debo reconocer en el trabajo escénico de la obra La Escuela de la desobediencia, la seriedad con que las actrices solventaron el difícil reto de llenar de magia, complicidad y poesía, todo el tiempo de la representación, del primero al último minuto. Supieron llevar su actuación con sensibilidad y arte sin dejar un resquicio, una duda, al tiempo vacío; todo fue ritmo y cadencia con el contrapunto ocasional de la música renacentista a la viola da gamba de Sofía Alegre y la voz de la soprano Rosa Miranda. Y me gustó más, si cabe, porque las actrices superaron, libres de los moldes prefabricados, el cliché televisivo de las series en las que obtuvieron notables éxitos, para interpretar con toda la gama de matices posible, sus personajes. Fantásticas ambas, María Adánez en el papel de Fanchon, y Cristina Marcos en el de Susanne.
Pero hechos estos reconocimientos y los que corresponden a la parte del Equipo Artístico, con la dirección de Luis Luque, y al Equipo Técnico, tal vez merezca la pena detenerse un poco en comentar el porqué del interés de este texto adaptado por Pedro Bezerra.
Los antecedentes en los que se inspira esta obra se encuentran en los textos libertinos franceses del siglo XVII, entre los cuales contamos con L’École des filles ou La Philosophie des dames, atribuida a Michel Millot y por ello condenado a la horca mientras quemaban los libros “contrarios a las buenas costumbres” De otros textos, como Los ejercicios de devoción, del Abate de Voisenon, he dado cuenta aquí, en el apartado de Lucernarios, Biblioteca de bitácora.-libros para leer y releer. Pero, en su momento, y después de vista esta bien representada Escuela de la desobediencia, comentaré y os recomendaré otros escritos como La Academia de las damas, del maestro Nicolás Chorier, y Margot la remendona de Fougeret de Montbron.
Me pareció, en las lecturas libertinas francesas referidas, siempre reseñable la vigencia y el valor de actualidad que encierran; vigencia y actualidad confirmadas en la puesta en escena de La Escuela de la desobediencia, con un planteamiento arriesgado, austero aunque ricamente acompasado con la música y la iluminación, para dar protagonismo a un texto irónico, directo, sugerente y crítico, en las escenas que se van sucediendo cargadas de un fuerte erotismo o una tierna poesía. El trabajo de dicción de las actrices, modulando de manera exquisita la voz en cada situación, junto a una muy bien estudiada y acertada expresión corporal, hicieron que el reto fuera superado con indudable éxito. El lenguaje explícito sobre el sexo se hace al margen de eufemismos y explicaciones retóricas; no es ni obsceno, ni cutre, ni procaz, como habitualmente ocurre en tantas películas de éxito o programas televisivos de gran audiencia donde la vulgaridad y la banalidad los hacen grotescos. Sin embargo, todavía en el teatro parece que causa reparo y se ponen objeciones al desnudo y el erotismo. Hablo en general, no exactamente por esta obra, aunque sí por las reacciones que he podido presenciar en otras similares o más atrevidas.
Quería referirme, como dije, a la vigencia y actualidad de una obra que, arrancando del siglo XVII, nos trae al siglo XXI la voz de la mujer y la reivindicación de su sexualidad y la libertad para sentir, desear y amar. En este sentido, no resulta baladí la denuncia que se hace de la doble moral que niega a las mujeres lo que se admite en los hombres; la crítica a instituciones como la Iglesia, en la que sus miembros, monjas, frailes, curas y obispos, practican sin mesura, con esmero y refinamiento, lo que prohíben y persiguen desde los púlpitos, o la denuncia de una educación al servicio del control y dominio de la vida de las mujeres, negándoles la sexualidad y el placer mediante la información falseada, la reprobación moral y el miedo.
En el transcurso del desarrollo de la obra teatral, una joven sobrina es instruída por su tía sobre los diferentes aspectos de la sexualidad femenina y las distintas maneras de disfrutar con un hombre. Luego vendrá la parte práctica, arreglándoselas para que todo ocurriera en el debido secreto y ofreciendo a familiares, vecinos y conocidos, la más casta y honrada imagen que se pueda exigir e imaginar. Las apariencias esconden una conducta en la que la fuerza de la naturaleza se abre paso por encima de las normas sociales y la represión de los impulsos. La joven así instruída encuentra la felicidad de sentirse viva con su vida y con su cuerpo y, aprendida la lección, no está dispuesta a renunciar al fruto de su aprendizaje. Claro está que todo ello, como se ha dicho, ha de vivirlo guardando las apariencias y cumpliendo con las pautas marcadas para su condición social, entre las que se encuentra el matrimonio convenido por los padres. Ante el rechazo de la joven, la tía le hace ver que esto no será obstáculo para su felicidad porque puede fácilmente engañar a su marido. Pero algo más profundo planea sobre el alma de la joven, que va más allá del deseo y unido al placer, como es el amor y su libertad de elegir. Porque cuando se abre la puerta de la libertad y se experimenta el placer y la felicidad, pero las normas y las costumbres no cambian, ¿cómo hacer para seguir viviendo sin renunciar a la vida y el placer de ser feliz sin ser por ello objeto de persecución y castigo? Por ello, ante esta imposibilidad, una última solución asoma amenazadora a la mente de la joven. La tía se espanta y preocupa, pero la sobrina le sugiere que tal vez de este modo en tantas ocasiones enviudaron jóvenes casadas, arrojando, de paso, una sombra de duda sobre la temprana viudedad de su propia tía. El dilema está propuesto y la solución moral al dilema se exige de manera dramática. El final de la obra es, así, una última denuncia que nos requiere una respuesta; pero esta última respuesta será, necesariamente, también la respuesta a todas las críticas expuestas sobre la represión de la sexualidad femenina y su papel en la sociedad. Asignatura pendiente.
Julio G. Alonso
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Se insinúa la flor
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Se insinúa la flor; mitad sonrisa,
mitad lágrima sola, mitad tierra,
agua que en su mitad la vida encierra
en pétalos de luz, tallo de brisa.
Tan lejos de la edad que mi pie pisa
tu amor la sombra del dolor destierra
y en desigual batalla en esta guerra
soy herido en tus besos y en tu risa.
Alzas tu levedad de flor temprana
ante el viejo solar de mis abrazos
y soy yo más ayer, tú más mañana.
Mas, qué cabe, si al fin la vida es vana
viviéndola sin ti, y entre tus brazos
será la muerte para mí, liviana.
Julio G. Alonso
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Torre guardiana
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Los ojos manantiales de azul, más grandes,
dueños ya del recuerdo
en miradas sin ira. En las manos
el tiempo, dibujo de sangre detenida
sobre la piel fría. Regueros abiertos
los labios a palabras disolviéndose en el aire
de la sonrisa breve;
en el pulso congelado de los chopos
polen viejo de primavera,
ausente pálpito de vida;
sólo los pájaros ponen un poco de calor
de verano,
luz, torre guardiana de los sueños;
veneros de aguas cristalinas los abesales,
sombra.
Julio G. Alonso
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Traducción al portugués por la escritora Tania Alegría del poema Torre guardiana en el cuaderno Um Oásis de Palavras, dirigido por Ana Muela Sopeña:
http://www.umoasisdepalavras.com/2012/03/torre-guardia.html
Salmorejo
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Salmorejo
Ay bendita humildad que en salsa pones
tomate, pan, aceite y la alegría
de una pizca de sal, la compañía
humilde de este plato que compones.
Porque si en el calor de los fogones
crecen soberbios platos cada día
sólo el color le basta, yo diría,
para nacer sencillo con sus dones.
Fresco, suave y gentil tal vez quería
jugar a seducirnos con su aroma
de equilibrio gustoso y armonía.
Y logrólo sin duda en la redoma
antigua del saber el salmorejo
del que fiel esta salsa nombre toma.
Julio G. Alonso
Rescato hoy, de entre la serie de sonetos gastronómicos generalmente dedicados a la cocina leonesa, este plato que descubrí hace años en la ciudad de Córdoba y del que me hice aficionado. Se trata de una sopa o salsa -no sabría distinguir bien-, hermana humilde del humilde gazpacho, que se sirve fría. No requiere, por tanto, de fogones ni complicadas y largas maniobras en la cocina; elementos primarios sencillos, naturales, bien aprovechados y ofrecidos con la virtud de su sabor, el aroma, y el color que los acompaña. Espero que disfrutéis del contenido de estos catorce versos que pretenden hacer justicia a un gran plato, uno de tantos, nacidos de la necesidad y la imaginación de gentes acostumbradas a pasar con poco y de lo poco hacer virtud.
Café chino.- Ira Lewis
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Café chino. Ira Lewis.- Teatro del Conservatorio de Música Andrés Isasi (Las Arenas.-Vizcaya). Sábado, 17 de diciembre de 2012.
Haría falta algo más que café chino para espabilar y despertar esta obra de teatro y hacerla, a su vez, atractiva, sugerente, interesante o, simplemente, entretenida para el espectador que, en este caso, sí es sufrido.
El texto de Ira Lewis, con todos los respetos, toca un tema interesante (pienso que no hay malos temas, sino solamente malos tratamientos de los temas), pero de manera fallida. La historieta de dos amigos, un escritor hipocondriaco de mediana edad y un fotógrafo algo más que maduro que no encontró en la fotografía la vida artística plena que la primera vocación por la literatura le negó, se desarrolla durante noventa largos minutos sin la grandeza de la tragedia ni la grandeza de lo cotidiano. Un discurrir plano de la acción con algunos ramalazos de brillante ironía para merecer, por decir algo, el título de tragicomedia. Naturalmente, toda la enjundia de la obra se desenvuelve alrededor de todos los tópicos que sobre los artistas, en general, y sobre los escritores, en particular, pueda uno imaginar. La pobreza exenta de aureolas bohemias, la frustración, el fracaso, envidia, celos, depresiones, ataques de histeria y la profunda y cada vez más lejana esperanza de convertirse en autores de culto.
El teatro, cuando lo es, exige algo más que unos actores parloteando en un decorado. Esta obra de teatro se puede ver con los ojos cerrados y, si no te duermes, no te pierdes nada.
Como no me gusta abundar en lo negativo de las cosas, voy adejarlo aquí tal y como está para destacar lo más notable de la dirección de Begoña Bilbao. No sé, la verdad, qué otra cosa o qué más podría hacerse con este texto desde el punto de vista de la dirección; salvo haber resuelto la acción profundizando en la personalidad enfermiza de los personajes y sus conflictos para llevarlos a alguna situación extrema, un suicidio a dos o algo así, no sé… o algo menos dramático, pero más creíble que ese final sin final, en el que Ira Lewis no sabe qué hacer, se le encoge la mano y deja de escribir dejando, a su vez, que sus personajes se vayan de escena y de su obra definitivamente, tal y como vinieron. Tengo la impresión, en fin, de que tal y como está planteado el trabajo, puestos los dos actores sobre el escenario, la cosa se ha limitado a decidir muy poco y dejar rodar el texto con el buen hacer de los intérpretes. Porque, justo es reconocerlo, la dedicación, profesionalidad y empeño de Manuel Galiana y Asier Homaza, merecen un cariñoso aplauso; no se puede hacer mucho más de lo que hicieron y la obra se hace soportable hasta el final sólo gracias a su soberbia actuación en una interpretación realmente notable.
Quede así y aquí, por tanto, el testimonio de una tarde de teatro desabrida y fría en cuanto a la meteorología prácticamente invernal que pareció apoderarse de la sala, pequeña, acogedora y coqueta, del Consevatorio de Música Andrés Isasi de Las Arenas.
Julio G. Alonso
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