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Nabucco
Giuseppe Verdi (1813-1901)
ABBAO-OLBE
Palacio Euskalduna.- Bilbao
Producción del Teatro Regio di Parma
Esta vez, sí. La entrada a la ópera resultó ser por la puerta grande. Creo que mereció la pena esperar sesenta y dos años para vivir esta experiencia. Las cosas ocurren cuando tienen que ocurrir, siempre a su tiempo, que nunca es demasiado tarde, ni tampoco demasiado pronto.
La puerta grande, en esta ocasión, está formada por el autor romántico italiano Giussepe Verdi, por una de sus óperas de mayor éxito y reconocimiento, Nabucco, por el marco del Palacio Euskalduna de Bilbao y por la interpretación de los cantantes, los coros y una orquesta de excelente calidad. ¿Qué más se puede pedir?

El aforo, completo. La atención del público, total. La dedicación de actores y orquesta, absoluta. Resultado, una tarde memorable para disfrutar y para el recuerdo.
Desde mi posición de novato en estas artes, solamente puedo expresar la honda impresión que me causó la música de Verdi en la interpretación de la Orquesta del Teatro Regio de Parma. Del mismo modo, me gustaría destacar el trabajo del Coro de la Ópera de Bilbao, en todo convincente. En la parte interpretativa me quedo, sobre todo, con la actuación de María Guleghina en el papel de Abigaille que, según se lee en el programa de mano, debutó con este papel en ABBAO-OLBE.
La escenografía de Luigi Perego y la iluminación de Valerio Alfieri resultaron ser de una belleza plástica encomiable, ambientando a la perfección y con natural sencillez el periodo histórico en que se enmarca la acción, los tiempos de Nabucodonosor del que el tema de la ópera toma el título, y el imperio asirio.
Pero yendo un poco más allá de la cuestión estética y el virtuosismo vocal de los cantantes o la magnífica interpretación de la orquesta, me llamaron la atención dos aspectos a los que me referiré sucintamente. El primero nos remite a la concepción de la ópera como espectáculo. Desde el principio me ha hecho evocar de manera directa el teatro clásico griego por el sentido trágico del argumento y la manera de desarrollarlo. El tratamiento del espacio y el tiempo busca la trascendencia de los hechos para ponerlos a la altura de los dioses y sus designios; el coro participa como un personaje colectivo representando al pueblo, a los ejércitos o a los mismos dioses, sirviendo de narrador y dialogando con los personajes. El segundo aspecto se refiere al mensaje que nos transmite el texto con el soporte de la música y que conforma la parte narrativa del drama. En este caso hay, en mi opinión, un excesivo fervor patriótico y nacionalista, propio del momento histórico y la situación social y política vivida por Verdi con todos los ingredientes del romanticismo. Hay, también, un sentido religioso de exaltación del monoteísmo judío en la intervención de carácter bíblico de Jehová convirtiendo a Nabucodonosor a su credo a través del rayo que enloquece y confunde al rey asirio, o el riesgo de muerte de su hija Fenena convertida también al judaísmo tras sus amores con el príncipe judío Ismaele. Así, lo que inicialmente se presenta y promete como drama amoroso entre príncipe y princesa de diferentes religiones y distintos países, se diluye y transforma, acabando por resultar ser una afirmación de la superioridad judía frente al poder asirio, lo que le quita interés y credibilidad. En el colmo del éxtasis místico y demostración del poder divino se llega a afirmar que el hombre ya no existe, es decir, no es sujeto de su historia ni dueño de su destino, que queda en manos y al arbitrio de Dios.
En mi opinión, el libreto, aún conservando su trasfondo de reivindicación nacionalista del pueblo como aspiración de la unidad política italiana que parece ser que es lo que se desprende de la obra, podía haberse centrado más en la historia de amor de la princesa asiria secuestrada por el príncipe judío, al estilo de lo que hizo Paris con Helena en la Iliada, y agregándole la genialidad de un William Shakespeare en Romeo y Julieta, hubiera trascendido la grandeza de la literatura con el tratamiento poético para hacerse universal. Y esto, el texto, lo malogra y no lo consigue.
No puedo terminar sin dejar de hacer mención a la parte más famosa de la ópera Nabucco, que resulta ser la interpretación por el coro de los esclavos del Va, pensiero. Sin quitarle ningún mérito a otras partes cantadas del coro, hay que reconocer el valor de los endecasílabos que componen los cuartetos de esta canción que apuntan casi al aire de marcha, conmovedores y acertados:
¡Ve, pensamiento, con alas doradas,
pósate en las praderas y en las cimas
donde exhala su suave fragancia
el dulce aire de la tierra natal!
Va, pensiero, sull’ali dorate;
va, ti posa sui clivi, sui colli,
ove olezzano tepide e molli
l’aure dolci del suolo natal.
Salvando la cuestión del precio de las entradas para la ópera, elevado también porque el coste de producción es muy elevado, debo admitir que se trata de un gran arte y que, por fortuna, parece ser que ya no es el pretexto para la exhibición y ostentación de la alta burguesía, utilizándola como una joya más con que deslumbrar. En este caso la joya, que lo es, fue seguida con emoción por un público heterogéneo de clase media sin alardes de vestimentas y exhibiciones. Yo, con mis vaqueros y camisa de cuadros.
Salud.
Julio G. Alonso
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Me pareció, en las lecturas libertinas francesas referidas, siempre reseñable la vigencia y el valor de actualidad que encierran; vigencia y actualidad confirmadas en la puesta en escena de La Escuela de la desobediencia, con un planteamiento arriesgado, austero aunque ricamente acompasado con la música y la iluminación, para dar protagonismo a un texto irónico, directo, sugerente y crítico, en las escenas que se van sucediendo cargadas de un fuerte erotismo o una tierna poesía. El trabajo de dicción de las actrices, modulando de manera exquisita la voz en cada situación, junto a una muy bien estudiada y acertada expresión corporal, hicieron que el reto fuera superado con indudable éxito. El lenguaje explícito sobre el sexo se hace al margen de eufemismos y explicaciones retóricas; no es ni obsceno, ni cutre, ni procaz, como habitualmente ocurre en tantas películas de éxito o programas televisivos de gran audiencia donde la vulgaridad y la banalidad los hacen grotescos. Sin embargo, todavía en el teatro parece que causa reparo y se ponen objeciones al desnudo y el erotismo. Hablo en general, no exactamente por esta obra, aunque sí por las reacciones que he podido presenciar en otras similares o más atrevidas.





Con paso lento y una sonrisa en los labios, Antonio Gamoneda se aproximó al grupo que estaba esperándolo, con una palabra de saludo para cada uno. Cuando se acercó a mí y me lo presentaron, le confesé que me sentía un poco aturdido porque eran tan grandes la admiración y el respeto por su persona y lo que representaba que casi me parecía irreal lo que estaba ocurriendo, acostumbrado a verlo pasar ocasionalmente por las calles de León sin atreverme nunca a acercarme para saludarlo. Se detiene, me mira y sonríe mientras mueve su mano en un gesto de afectuosa desaprobación para decirme algo así como que no era para tanto ni era él tan importante. Luego, a la mesa, mientras compartíamos cecina, pulpo y croquetas, habló de su vida primera en los primeros años en el León de la postguerra y el hambre, que por eso -decía con ironía- era incapaz de dejar algo en el plato y que si continuaba así, ofreciéndole comida sin parar, sería incapaz de rehusar la invitación aunque no le conviniera aceptar más. Me recordó, inmediatamente, la actitud de mis padres y el valor y lugar que la comida ocupó siempre en sus vidas, cosa que el poeta entendió con una amplia sonrisa. También me habló de poesía y su admiración por César Vallejo, de su intuición a la hora de componer y de la dificultad de la poesía social para ser poesía, de la que reconocía que sólo unos pocos escritores habían conseguido hacer de la denuncia algo más que mereciera el calificativo de poesía, además del de social. Tocamos el tema de Miguel Hernández, de F.G. Lorca… y le pregunté directamente qué se sentía al ser consciente de formar parte de los grandes poetas consagrados. Negó insistentemente con la cabeza y su gesto habitual con las manos para asegurar que él sólo era un poeta de los del medio, lejos de los poetas a los que me refería. Insistí, convencido, de que él ya formaba parte de la historia de la literatura y subrayé que, lo quisiera o no, su lugar ya estaba al lado de Neruda, Lorca, Machado, Celaya, Aleixandre, Cernuda… pero que me parecía muy loable que él no se lo creyera porque de hacerlo, seguramente, se bloquearía y no escribiría más o lo haría sin poder liberarse del peso de esa idea y la responsabilidad que conlleva. Su respuesta fue una nueva amplia sonrisa para tomarme la mano y con un bueno, bueno… invitarme a dejar el tema donde estaba. La conversación siguió por otros derroteros en los que confesó que no sabía si estaba escribiendo mucho o poco, que tiene una carpeta llena de poemas que se van amontonando a lo largo de estos años, repletos de correcciones; y también de la posibilidad, si es que me los editan -dijo- de publicar dos nuevos poemarios.
Siempre, junto a la afabilidad, encontré una sana humildad en cada una de las palabras de Antonio Gamoneda. Llegados al tema de la situación actual y la crisis económica, le planteé que así como los problemas del comunismo no se pudieron resolver con más comunismo, pensaba que los problemas del capitalismo no tendrían solución con más capitalismo y el empobrecimiento de cada vez más gente con recortes sociales y la imposición de una clase de vida cada vez de peor calidad. Escuchó con interés y asintiendo lentamente me dijo que teníamos que dejar de hacernos preguntas para empezar a dar respuestas; en definitiva, que lo que nos toca es actuar.
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