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Salmorejo
Ay bendita humildad que en salsa pones
tomate, pan, aceite y la alegría
de una pizca de sal, la compañía
humilde de este plato que compones.
Porque si en el calor de los fogones
crecen soberbios platos cada día
sólo el color le basta, yo diría,
para nacer sencillo con sus dones.
Fresco, suave y gentil tal vez quería
jugar a seducirnos con su aroma
de equilibrio gustoso y armonía.
Y logrólo sin duda en la redoma
antigua del saber el salmorejo
del que fiel esta salsa nombre toma.
Julio G. Alonso
Rescato hoy, de entre la serie de sonetos gastronómicos generalmente dedicados a la cocina leonesa, este plato que descubrí hace años en la ciudad de Córdoba y del que me hice aficionado. Se trata de una sopa o salsa -no sabría distinguir bien-, hermana humilde del humilde gazpacho, que se sirve fría. No requiere, por tanto, de fogones ni complicadas y largas maniobras en la cocina; elementos primarios sencillos, naturales, bien aprovechados y ofrecidos con la virtud de su sabor, el aroma, y el color que los acompaña. Espero que disfrutéis del contenido de estos catorce versos que pretenden hacer justicia a un gran plato, uno de tantos, nacidos de la necesidad y la imaginación de gentes acostumbradas a pasar con poco y de lo poco hacer virtud.
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